
Esa tarde iría a verla. En el hospital, ella en cama, su novio al lado lo saludaban con aprecio cuando entró en la habitación. Hablarón de ese tipo de cosas que se puede hablar en un cuarto de enfermos, al lado de la bandeja metálica de comida, la gelatina roja que no se comió y el recuerdo de hace 15 días cuando ella lo llamó llorando.
Esa noche, le pedí que la acompañará, ella lo llamaba sollozando por el otro lado del teléfono le decía que durmiera con ella esa noche, que por favor, por favor no la fuera a dejar sola. Así que tomó un taxi y subió en él con 18 grados de alcohol en las venas. Minutos antes lo había vuelto a llamar, le había dicho que ya era muy tarde que no viniera. Pero no, él se nego dijo que iba a ir así ella no quisiera, al fin al cabo había acabado sus planes de sábado en la noche para estar con ella, para ser "su hombro de lágrimas". Era cierto, a él no le gustaba que le dijeran unas cosas y luego se arrepintieran, sobre todo despues de haber bebido toda la cerveza sin darse cuenta de los efectos de la misma.
Al llegar a su casa descubrió una mujer que lloraba en pijama rosa, actriz de tele nacional. Le pedía que no sabía que hacer, ese tipo de crisis donde uno, solo puede decir, tranquila, tranquila mañana será otro día. Escuchar las historias de amor de los otros siempre es construir un telar de situaciones y sentimientos, donde uno no escoge ni los hilos ni los motivos del cuadro que está realizando. Se dió cuenta, que ser un personaje externo solo hace que los desahogos encuentren oídos, y peor aún como esa noche ser un cuerpo caliente acompañante de cama mientras lloran por otro.
Al día siguiente ella, descubrió que sus temores de haber engendrado un hijo con el otro (aquel de sus lágrimas) eran falsos. Así que feliz, ella se despidió de él dándole un beso en la frente, diciendole que lo adoraba, y claro que gracias. El saldrá ese domingo como hoy, bajo una calle llena de charcos sintiéndose que hizo una buena acción, que es un buen tipo.