Seguramente me equivoqué.
Vamos de nuevo. Que no me quedas mas que salir ahora con un alien.
El sueco. El sueco y su tontolandia.
Entre torres de cigarrillos apagados, descansa el ahora en su terraza en su pequeña fortaleza que se ha construido en el Paseo de la Habana. Ya no teme al frío pues sabe que acá en Madrid, siempre habra la mayoría del tiempo el cielo sera azul y muy probablemente haga buen tiempo.
Es en ese castillo impenetrable, donde su ropa tirada por el suelo, una nevera que esconde un par de salchichas alemanas, unas cervezas y un poco de jamón y quizás dos huevos, se encuentra el ahora. Esa morada donde pocos han entrado y pocos se han quedado.
Desde su terraza su mirada se pierde entre los edificios de esa zona de la ciudad que tristemente esconden los lindos atardeceres madrileños. Y él esta ahi. Mirando al infinito, esperando que un día sea el siguiente. Sin pensar. Solo fumando siempre y a lo mejor un cognac a la mano en algunas noches.
Su vida se resume a conectar cables y encontrar problemas de configuración, hablar de amor para el es como pensar en plantearle la solución del conflicto del medio oriente. Imaginara el lector que la configuración no se logro conmigo y el cable de su corazón estaba roto, oxidado e inexistente.
Es por eso que he fracasado. Es por eso que no logre conectar, no logre hacer plug en su corazón. El click fallo. La ilusión murió en el intento y mi pobre corazón, naufrago entre las mareas de amores congeladas, almas tiras y silencios eternos.
Pero que tonta he sido. Que tonta de tontalandia, haber pensado que este sueco me quería.
Y fue mi error. Si senores lectores, esta vez fue todo mío.
Dije mis sentimientos.
Fui tonta, espere algo inexistente, espere que el sintiera algo. Espere un te quiero cuando no lo había.
Entonces me dejo. Me dejo a la sueca, en silencio.
Enamorarse de un nórdico, es perder la batalla en la primera esquina, es pelearse con un oso. Es ser tonto, pensar que en el norte tienen alma. Si son tan solo unos vikingos que no temen clavarte la espada de la indiferencia y dejarte allí sin mas nada.
Ahora se ha acabado la terraza de la fortaleza. Ahora solo me queda caminar de nuevo, dejándolo allí en su mundo de tontolandia, un mundo sin sentimientos, sin te quiero y sin amor. Solo en tu castillo impenetrable solucionando configuraciones de otros y nunca resolviendo el hecho de darte la oportunidad de amar y ser vulnerable, pues no existe sistema para eso, cuando pasa tan solo pasa, y luego todos aprendemos a llorar.